jueves, 13 de agosto de 2015

Anti-poemínimos

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Saudade
Instantánea e imprevista
la flor madura
-en – la – tierra – fértil – de – tus – labios-
El invierno es primavera en verano y en otoño
*
El paréntesis
 que se abre y no se cierra
evoca lo inconcluso
que se dice sin decirse
la palabra perdida
que no, la pérdida de la palabra
*
Antipoema interactivo                                                                                            
El pensamiento es:
a) Un acto lingüístico
b) Una sujeción a las palabras (ante la inminencia de sucumbir en un naufragio)
c) El traslado de lo abstracto a lo concreto
d) Una idea, luego,
kilóoometros discursivos
e) El recuerdo de no sé qué cosa
inexpresable en su cabalidad
f) Otras (especifique):________________
*
Con la prisa de la vida que se acaba
el vórtice de la muerte
ejerce el polo de su atracción.
Mientras
un ave vuela
ajena
a mis anhelos
*
El éxtasis se convirtió en resaca
la tarde se detuvo
y yo también
*
En la búsqueda ansiosa del quien me quiera
me topé con el terrible desengaño
ya no quiero perder el tiempo
en la estéril marcha hacia el desamor
ya he probado la miel de algunas flores
y ninguna es para mí
por eso
mejor renuncio
a mis melosas intensiones
de bajarte los calzones
y chuparte los melones
*
y cuando mi cuerpo muera
y cada célula y cada poro entre en descomposición
cuando los gusanos lo hayan devorado todo
y los huesos, hechos polvo.
Cuando de mí no quede ni el olvido
y la sangre, seca, deje de fluir
las sirenas seguirán cantando,
propiciando el abismo de los hombres
*
Grafo insomne
Se equivocan
quienes ven en la cruz
el estigma de un martirio.
Yo
prefiero ver
el accidente de dos puntos
que convergen en un camino.
Una ecuación geométrica
resuelta
tras la coyuntura del azar.
Imagen tomada de esta fuente: http://www.matteobosi.it

La danza del pelícano azul (y sus pequeños poemas en Prozac)

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“Los alucinados serán los capitanes de las naves del futuro”
Augurio de un indigente poblano

Todo comenzó hace unos diez años cuando se tragó un grillo. “Crí-Crí-Crí, el grillo no dejaba de incordiar”. Al día siguiente, en un acceso de “furia gigantesca”, el protagonista de la novela destruye la casa de sus padres. El ataque fue tan violento y sorpresivo que es internado en una institución psiquiátrica. De este espacio, un aparente encierro, entra y sale de su mente dando paso a personajes imaginarios como Rimbaud y Baudelaire, con los que mantiene inquietantes conversaciones entre dosis de Litrisan, Benzetazil, cocaína y mariguana.
Mientras escribo esto me doy cuenta que el sonido que emiten los grillos se parece a un coro bien entrenado. Aunque parece una locura, eso fue lo que descubrió el compositor Jim Wilson cuando grabó por más de una hora en el patio trasero de su casa el grillar emitido por los insectos.
Al llevar la grabación a su estudio, Jim comenzó a jugar con ella, bajando la velocidad con que se reproduce el sonido; así, hasta que de pronto se empezó a escuchar algo parecido a un coro lejano y armonioso, ininteligible pero que apela de algún modo a una mística musical. Tal como el ritmo de la escritura de Rodrigo de Souza Leão (1965) en Todos los perros son azules (pueden leer un adelanto del libro aquí), magníficamente traducida por Juan Pablo Villalobos.

Sexto Piso, 2013.
De Souza Leão relentiza la voz del grillo que funge como la conciencia, esa que no deja de incordiar, como un tinitus maldito que viene y va, como las olas “siempre batiendo en las piedras de la enfermedad. El mar verde Lexotan 6. El cielo azul Haldol 5. El Rivotril blanco de las nubes”.
Y así, como un anticipo del infierno, pasan los días de encierro en el manicomio, entre fármacos y pacientes mentales de índole diversa; doctoras de amplias caderas, enfermeros, amigos y enemigos imaginarios con quienes confabula el protagonista tratando de sortear la culpa por la muerte misteriosa de “Terrible Loco”, el enfermo más temible del pabellón.
Y es que, desde que se tragó un grillo, el personaje vive inquieto —por decir lo menos—, seguro de que la CIA y la DEA le implantaron un chip para seguirlo y saber lo que piensa y así atormentarlo. No quieren que escriba sobre el manicomio, porque “todo mundo tiene un manicomio cerca. O su bolsa es un manicomio. O su casa. O incluso la cartera de dinero. No hablo de desorganización, hablo de manicomios de veras”.
Así, entre estados de alucinación y saudade se intercalan —sin previo aviso— las voces narrativas, que no los personajes. Quizá por ello el nombre del protagonista no es revelado, porque es Legión; en él habitan el padre frustrado, el amigo Baudelaire, el insidioso Rimbaud, la madre atenta a las necesidades del loco lúcido, aquel enclavado en la mejor tradición del elogio a la estulticia, a través del cual se enumeran verdades puntillosas, llenas de ironía que recrean, con ternura, el concierto de los insectos.

viernes, 7 de agosto de 2015

Tu sangre ahora recorre nuestras venas...




Dicen que el recuerdo es una forma de olvido, pues en el recordar se dejan de lado muchos aspectos); pero también el olvido es una forma de advertir aquello que sabemos pasa desapercibido.


En mi caso, de mi abuelo Abelardo Martín tengo la fortuna de tener presentes impresiones buenas; quizá las primeras memorias sean en su casa de Cuernavaca, ese rinconcito dispuesto para el disfrute de comidas en el jardín, coronitas y dominó montados en grandes bancos de madera...


Cuando el calor arreciaba todo se solucionaba a la sombra de un gran árbol, junto al asador, o con un chapuzón en esa alberca a la que llegaba siempre Dogo, el perro gigante que tras beber agua clorada se echaba a un costado de la terraza.


En el mundo de mi abuelo, al que llegaba como visitante de ocasión, recuerdo también al querido tío Toño comiendo rebanadas de jamón, platicando y jugando ajedrez con los niños. Al tío Cala y su fascinación por Dostoievski.


Al recordar a mi abuelo reconozco a mi padre, pues identifico en él todos sus rasgos fisonómicos, exceptuando los del carácter, pues contrario a él, mi abuelo siempre me pareció extrovertido; no tenía reparo en decir lo que pensaba, así fueran en ocasiones curiosos sus dichos.


No lo olvido en el velorio de mi abuela, invitándome a salir a desayunar una torta mientras decía: el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Un pragmático consumado, así fue en su vida, quizá por ello disfrutó tanto de sus días en la Tierra.


Cuando salí de la universidad en Puebla y me instalé en el DF, nos dio por irlo a visitar, me parece que los jueves, a su departamento en la Roma. Ahí llegábamos Alonso, mi primo, y yo, a ese espacio amplio lleno de figurillas pálidas de porcelana, como un gordo pescador oriental o una bailarina de ballet. Y frente a un cuadro que lo inmortalizó joven y apuesto --como galán del cine de oro-- platicábamos los 3 de cómo era el negocio de prestamista, de mujeres, literatura y filosofía.

Me gustaba mucho oírlo hablar del Paraíso Perdido, de Jhon Milton; y de esa teoría que tanto me impactó sobre el “parto del alma”, que sólo ocurriría tras un cataclismo que rectificaría, mediante dolor y sufrimiento, la evolución moral del Hombre.

También escuchábamos atentos sus convicciones raciales, nos prestaba libros --que si acaso hojee-- de Salvador Borrego, ese ideólogo de la ultraderecha. Pero gracias a estos diálogos pude comprender parte de la mentalidad de otra época.


A esas conversaciones acudía yo –estoy seguro que Alonso también-- con la intención de entenderlo y descifrar su personalidad; la del padre ausente que dejó a una familia para formar otra; y de eso, sin reparo, le pregunté.


No recuerdo su respuesta exacta, si acaso una evasiva, una excusa y el cambio de conversación. Así era el abuelo, así lo recuerdo: humano, con sus hierros y decisiones; divertido, práctico, hedonista, un enamorado perfumado y elegante; bohemio distinguido que sabía del poder de las palabras, por eso, yo con estas, le rindo un honesto homenaje a su recuerdo:


Abuelito, donde quiera que estés vagando por el Universo, te mando un beso. Tu sangre ahora recorre nuestras venas...





viernes, 26 de julio de 2013

Un género híbrido: el ensayo ficción de JP Anaya





Comentarios en torno al libro 
Kant y los Extraterrestres” (2012)


“Los alucinados serán los capitanes de las naves del futuro”

Indigente, en Cholula
 

Por Javier A. Martín



En un país al borde del colapso, como lo es México, viene muy a cuento --o ensayo-- hablar de distopías y corrientes apocalípticas, así sea de manera irónica, como lo hace el autor Juan Pablo Anaya, quien con su libro de ensayos “Kant y los extraterrestres” sitúa al lector frente a un juego borgiano no exento de referencias multiculturales: de Kant a Maussán; Ridley Scott, Herman Melville, autores ficticios, coloquios literarios improbables y teorías desorbitadas pueblan esta narración que sirve, como el propio autor lo afirma, para despojar de ese halo doctoral que suelen acompañar fastidiosamente las discusiones filosóficas de la academia.

Por ejemplo, en “Canción de amor para un androide”, Juan Pablo Anaya divaga acerca “del sueño del maquinismo”, la biomecánica, y los recuerdos implantados a partir de la cinta “Blade Runner” (1982).


Estos postulados, que en apariencia son formales, le sirve para introducir un personaje ficcionado que sería una especie de alter ego del ensayista, un joven investigador que desarrolla ensayos a partir de una investigación exhaustiva. 
Hasta aquí todo sería cierto si no es porque gran parte de los autores y estudios que cita –hay que decir que no todos— son falsos. Y es esto mismo lo que le da una dimensión literaria profunda a este texto, que recuerda a Borges y su literatura fantástica.


Así, en el primer capítulo asistimos a las reflexiones que suscita el amor  del investigador por otro personaje, esta vez de una película, lo que le sirve para descubrir que “la identidad se funda en una facultad bastante frágil”: la memoria (p.19)

La idea se confirma cuando los labios carmín de la bella androide Rachel sugieren:

I can´t rely on my memories (no puedo confiar en mis recuerdos).

Este que es un tema que ya ha hecho correr mucha tinta, no se queda en la sobada crítica al “carácter falso de la memoria” o a la distorsión de la identidad a partir de las emociones espurias.

El tópico de la película es el pretexto para ahondar en lo que llama un “gesto post-replicante”, a saber, la estrategia para volver a experimentar y repensar los recuerdos que conforman la identidad.

Más adelante, en el capítulo “Ahab en el diván”, el narrador, que es el mismo personaje del primer ensayo, nos habla del profesor Acha-Benavides, quien le habría dado clases de literatura norteamericana, y al cual, el narrador principal dedica este capítulo en un supuesto homenaje póstumo.

El homenaje a Aníbal Acha se basa en su dramática existencia al perder un hijo, y su obsesión con la novela Moby Dick, a partir de la cual elabora una desquiciada teoría que busca identificar  posibles relaciones entre objetos culturales.

Es gracias a sus afiebradas hipótesis que el lector vislumbra que de la novela Moby Dick a las películas Tiburón y Orca: La ballena asesina hay sólo un paso, es así como Acha-Benavides se da a la tarea, como el furioso capitán Ahab, de identificar cómo la cultura de masas puede tornarse un pastiche que echa mano de la historia del arte para convertirla en una reserva de retazos con potencial significado emotivo.

Pablo Anaya realiza un giño a La Raza Cósmica de José Vasconcelos cuando postula un sistema de reencarnaciones culturales que tiende a volverse cada vez más decadente. Este capítulo es particularmente interesante porque se desarrolla a partir de un juego de espejos, historias similares pero “invertidas”, que evocan el esperpento de Valle Inclán[1].

El tercer capítulo lleva al lector a una dimensión literalmente fuera de este mundo, al aludir a la obra de Kant Historia general de la naturaleza y teoría del cielo (1755), en la que el entonces incipiente filósofo alemán no duda en imaginar escenarios hipotéticos sobre “las características físicas y morales de los extraterrestres”, basado en el lugar de sus planetas con relación al sol.

A partir de esta obra, y un supuesto hallazgo en una biblioteca del IPN, el personaje del joven investigador introduce a un desquiciado debate en torno al papel del Hombre en el Universo, la postura que deberá tomar cuando se encuentre frente a esa alteridad límite que representan los alienígenas.

Si bien para Kant el negro cósmico del universo se abre de forma inconmensurable gracias a la demostración que hiciera Isaac Newton de las teorías de Copérnico, para Chinchilla y Badoglio, los personajes de este nuevo ensayo, el encuentro con una nueva especie “fomentará la hermandad de la raza”, pues este hecho produciría un asombro generalizado que uniría a las naciones.

Ambos autores parafrasean a Heidegger al destacar la postura del “ser-en-el-mundo-ante-extraterrestres”, que hará, según afirman, que “el sustantivo humanidad” vuelva a ser el fundamento de la moral a través de un gran ejército que enfrentará a los extraterrestres.  

Sin embargo, el avistamiento de ovnis no será posible sin ese grupo autodenominado “Los Vigilantes”, que en la figura del alucinado mayor, Jaime Maussán, encuentra a su capitán.

El ejercicio de observar el cielo en busca de objetos no identificados se vuelve la metáfora del carácter contingente e ínfimodel ser humano en el Universo y un pretexto para la melancolía.

La pintura El caminante sobre el mar de nubes (1815), del alemán Caspar David Friedrich, sirve a Anaya para hablar sobre el carácter profundamente melancólico que encierra el acto de contemplar un paisaje (el vigilante), donde la naturaleza alude al "enigma de lo divino".

Este marco tan poético y socarrón no está exento del anhelo (deseo) y la amenaza que conlleva la otredad, encarnada en la figura-enigma de los ovnis y la hermandad que podrían provocar entre la raza humana al hacer su sorpresiva aparición trastocando definitivamente el paisaje terrestres.

Así el autor traza una ruta crítica en clave de ironía sobre la idiosincrasia del ser-en-el-mundo-mediático a partir de la relación con sus objetos culturales y sus anhelos-expectativas con respecto a la otredad.


Imagen tomada del muro en Facebook del autor, Juan Pablo Anaya.




[1] Luces de Bohemia, Ramón de Valle Inclán

miércoles, 1 de mayo de 2013

martes, 2 de abril de 2013

Paraíso Perdido

Se acabaron las idas a Cuernavaca a casa del abuelo
los sábados tomando coronitas mientras hacíamos la sopa del dominó en esa gran plancha de concreto que tenías por barra en tu cantina frente a la alberca

adiós a los chapusones y a los clavados
adiós a los piquetes de abeja

adiós a las visitas a tu bonito departamento en la Roma

adiós a los tequilitas que nos servías mientras hablabas de literatura ideológica

Ya nunca me darás esa hermosa edición que me prometiste del Paraíso Perdido, de
John Milton


adiós abuelito

martes, 12 de febrero de 2013

cuando




y cuando mi cuerpo muera
y cada célula y cada poro entre en descomposición
 cuando los gusanos lo hayan devorado todo
 y los huesos, hechos polvo
 cuando de mí no quede el olvido
 y la sangre, seca, deje de fluir

las sirenas seguirán cantando
 propiciando el abismo de los hombres



viernes, 17 de agosto de 2012

El lenguaje del rayo, un acercamiento a la poética de Ramsés Salanueva



Javier A. Martín
Si, como dicen las Escrituras, el Verbo se hizo hombre, entonces el lenguaje precede a la humanidad; es decir, el Hombre no es dueño del lenguaje, sino sólo quien le sirve.
Esto es, que el Verbo lo mismo se encuentra ligado a lo divino que a los más rudimentarios actos del habla, como un instrumento a la medida de la existencia social.
Y hoy, aquí con ustedes, quiero centrarme en ese aspecto ligado a lo sublime, a lo que produce extrañeza, a la revelación en su sentido místico.
Me uno a esta noción: la poesía, el discurso metafísico y el religioso no resultan del gobierno del lenguaje, sino de una “servidumbre privilegiada; de la infrecuente capacidad que poseen el rapsoda, el pensador o el visionario de «oír lo que dice el lenguaje»”[1].
Una prueba de esto se verifica en el hecho de que al poeta “le lleguen” –-por inspiración o ardua labor-- las palabras con una incandescente exactitud, similar a la que se experimenta “cuando una palabra olvidada, buscada por mucho tiempo, «centellea» en el umbral de la conciencia”[2].
No es el poeta el que habla. El poeta es hablado; le es dada una revelación que no ha sido buscada. De ahí que los poetas como Ramsés Salanueva puedan ser considerados “voceros de lo divino”, una labor diametralmente opuesta a la que ejerce como periodista.
En La conjetura de la tarde, el lector asiste a las mudanzas terrenales, mutaciones y asentamientos interiores: el itinerario de un sueño nutrido por el fruto más delicado de la memoria.

Múltiples motivos resaltan la importancia de la aparición de este libro de bolsillo, por ejemplo, lo escaso de las publicaciones literarias de Ramsés Salanueva, que imprimen a las mismas casi un toque como de colección, debido, principalmente, a la calidad excepcional con la que se fraguan los 13 poemas que integran La conjetura de la tarde.

Como muchos saben, el actopense no hace vida literaria.

Ajeno a la tertulia, mira, en solitud --desde la cumbre-- el abismo que invita al precipicio; no duda en arrojarse, como atraído por fuerzas que ejercen polos de atracción hacia senderos que se bifurcan.

Guardián de esa morada de buena vivienda donde habita “algo más” que la léxica y la lógica inherente a la gramática, Ramsés comprueba lo que Octavio Paz afirma sobre la imagen poética como “un haz de sentidos rebeldes a la explicación” [3].

Es decir, qué diablos dice el poeta cuando escribe:

Yo,
frente a la conspiración de la tarde,
determinada a ocultar
toda evidencia de luz,
me pregunto:
¿Es la quietud quien la desprende?
o bien,
¿Existen árboles contemplativos,
cuyo trance supera el ensimismamiento del espacio?

Inútil buscar razones a este fervor sombrío. La significación del poema a través de su recitación es irreductible al razonamiento lógico, y sin embargo, poeta y lector comulgan con aquello ajeno que les es extraño, pero a la vez familiar; ambos se vuelcan al imaginar; se revelan a sí mismos como la parte oscura que permanecía oculta, agazapada en el rincón del Ser.

Quienes conocen a Ramsés y lo ha leído podrían pensar, habituados, que en esta publicación encontrarán una poética del conjuro, que se invoca desde la concentración de las tinieblas.

Una alquimia que "refleje la veneración por los malos hábitos a la vez que alcanza un exquisito refinamiento de las perversidades que opacan el espíritu humano”[4].

Contrario a eso nos encontramos al naturalista asombrado por las verdes espigas y praderas solares; la abstinencia de los pájaros y los árboles que crecen a cuestas, de cuyos ramales penden cadáveres; los pastores que juntan hatos de estrellas al tiempo que las brillantes cenizas se desgajan de la corteza de los árboles.

Y, sin embargo, la cosmogonía del poeta no es inocente, pero tampoco perversa, como han querido creer algunos; en todo caso es fulminante, como el lenguaje del rayo.

Basta con leer el poema de la página 11 para darnos cuenta de lo anterior:

Meto mis manos al fuego.
Con mis palmas encendidas
Subo al monte del pacto.
Permanezco ahí,
hasta igualarme
con el destello más mínimo
del arrebol.

Tras la aparición del relámpago retumba el estruendo. El poeta contempla el misterio y se funde en él. La revelación como arquetipo, contenido en lo más profundo del Ser emerge a manera de comunión con la Totalidad. Moisés asciende el Horeb y presencia la llama de fuego en medio de la zarza que no se consume.


[1] George Steiner. Los Logócratas. FCE
[2] Ibid
[3] El arco y la lira. Octavio Paz. Edición del Fondo de Cultura Económica (1972). Capítulo: La otra orilla, pp 124.
[4] Ramsés Salanueva a propósito de la a genealogía infernal de Adriana Tafoaya.