La libertad es un tema complicado. Y más en las relaciones humanas, porque no somos en función de los demás, y a veces entenderlo es un proceso que (me) demanda el esfuerzo de sacudir preconcepciones heredadas socioculturalmente. Amar no es un acto de posesión sino de libertad, donde no debería de exigirse más que aquello que se entrega de forma voluntaria y natural. Sin exigencia de permanencia o exclusividad. Ama y haz lo que quieras, un mantra generoso del libre albedrío. Compartir el tiempo y el espacio es hacer el amor, que es hoy mi deporte favorito. Al honrar ese tiempo compartido nos respetamos a nosotros mismo. Gracias por lo que me enseñas.
( Poema de Nezahualcóyotl ) Yo Nezahualcóyotl lo pregunto: ¿Acaso deveras se vive con raíz en la tierra? No para siempre en la tierra:
sólo un poco aquí. Aunque sea de jade se quiebra, aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí. -- Nikitoa Niqitoa ni Nesaualkoyotl: ¿Kuix ok neli nemoua in tlaltikpak? An nochipa tlaltikpak: san achika ya nikan. Tel ka chalchiuitl no xamani, no teokuitlatl in tlapani, no ketsali posteki. An nochipa tlaltikpak: san achika ye nikan.
México, 16 Dic (Notimex).- La obra teatral “Los Pájaros
Perdidos” concluyó su corta temporada de 6 funciones, todas íntimas, llevadas a
cabo en el Cine Tonalá, donde más de 160 espectadores disfrutaron de esta
puesta en escena que combinó el sentimiento tango con música en vivo.
La obra dirigida por la actriz y cantante Marissa Saavedra mezcla delirantes diálogos y
monólogos de un trio disfuncional de músicos mexicanos unidos por el tango. A
partir de eso, temas como el psicoanálisis, la relación del paciente con su
terapeuta, la identidad, y la locura se vuelven motivos de reflexión.
En entrevista con Notimex,
Saavedra afirma que su obra aborda “la libertad de ser lo que uno quiere” pero
también de la manera en la que se discrimina a aquellos que son distintos “o se
les considera como tal por “hacer cosas diferentes”.
Entre discusiones obtusas y
guiños metateatrales, los personajes: una doctora en letras que da terapia
psicológica con el bandoneón (Clara Stern), un pianista hipocondríaco (el gran Pablo
Chemor) y una actriz que canta tangos (Marissa Saavedra)pasan de la crítica política mordaz a reflexiones en
torno a las habas (enchiladas).
Si bien el público que asistió a
ver “Los pájaros perdidos” fue diverso, la compañía “Una Güera y una Morena
Producciones” apostó a que la gente que le gusta el tango fuera a ver un
espectáculo diferente que teatralizara el tango.
Carolina Gómez es una joven
mexicana apasionada de este género musical que afirma que le interesó asistir a
esta obra porque en el tango confluyen todo tipo de emociones expresadas “con
un ritmo donde la música respira desde alma y los corazones laten con la
melodía del bandoneón”.
Por su parte, Evangelina Villafuerte
y su marido y pareja de baile, Alfonso Ramírez, afirmaron haber asistido al
espectáculo para ver a Clara Stern, “que es la primera y única bandononista
mexicana y quien en esta obra aparece como actriz y como músico”.
Finalmente señalar que quienes
asistieron pudieron disfrutar la interpretación en vivo de tangos como “Al
mundo le falta un tornillo”, “Los Pájaros Perdidos”, “La balada para un loco”,
“Cuesta abajo”, entre otros interpretados de forma pasional por Marissa.
y la luna muera cuando cada poro entre en descomposición
y mis huesos, hechos polvo ¿dónde quedará el deseo,
amor? cuando mi cuerpo muera, y la sangre, seca, deje de fluir cuando de mí no quede ni el olvido las sirenas seguirán cantando propiciando el abismo de los hombres
Más allá de la noche que me cubre negra como el abismo insondable, doy gracias a los dioses que pudieran existir por mi alma invicta. En las azarosas garras de las circunstancias nunca me he lamentado ni he pestañeado. Sometido a los golpes del destino mi cabeza está ensangrentada, pero erguida. Más allá de este lugar de cólera y lágrimas donde yace el Horror de la Sombra, la amenaza de los años me encuentra, y me encontrará, sin miedo. No importa cuán estrecho sea el portal, cuán cargada de castigos la sentencia, soy el amo de mi destino: soy el capitán de mi alma.
en tu funeral fui el más frío con tu partida
quizá porque para entonces aún no la había asimilado
fue hasta que llegué a esa casa, que había sido tu casa, nuestra casa,
donde por fin sentí tu presencia en forma de ausencia
al entrar, por un momento sentí que ahí estarías...
leyendo los diarios, como todas las tardes,
con tus anteojos puestos, quizá algo sucios --pero tú de ello no te percatarías--
con el cabello blanco, algo revuelto y tu mirada franca
La noche del 31 de diciembre, bajo la estrellas que titilan sobre las playas de Oaxaca, perdido en una brumosa neblina de mezcal, pedí, cansado, un solo deseo: Librarme de lo superfluo.
Que tras la sacudida, las hojas secas caigan, dando paso a retoños. Que se laven rencores y amarguras.
Y en su lugar, el amor por mí florezca en un tornasol de experiencias nuevas y luminosas. Refuerzo mi plegaria y añado: ni dramas ni aspavientos. Que 2016 sea el año del reencuentro conmigo. Yo invoco viajes, coincidencias y prosperidad. Invoco salud, felicidad y conciencia.
La presencia de los ausentes es el tópico desgastado para referir a quienes no vemos pero sentimos. Como algo que recorre la piel, que la eriza. Un recuerdo mezclado con una sensación; en tu caso, abuelita, esa sensación que sentí toda mi vida, de que estarías siempre ahí, conmigo y junto a mí. En tu funeral estaba ajeno, quizá porque para entonces aún no había asimilado tu partida. Fue semanas después que llegué a esa casa, que había sido tu casa, nuestra casa, donde por fin percibí tu presencia en forma de una cálida ausencia. Al entrar, por un momento pensé que ahí estarías, sentada en el sillón, tomando el sol y leyendo los diarios, como todas las tardes, con tus anteojos puestos, quizá algo sucios --pero tú de ello no te percatarías-- con el cabello blanco, algo revuelto y tu mirada franca que traslucía tu verdadero estado de ánimo, ese que eras incapaz de expresar de forma verbal, pues tú siempre estuviste "buenonsita", aunque tus ojos me hablaran de una tristeza y una melancolía que nunca supiste --o quisiste-- verbalizar. Quizá porque nunca tuviste tiempo para la debilidad a la que dejan a merced los sentimientos; tú debías ser la mujer fuerte para sacar adelante a tus hijos; la misma que no tuvo tiempo de llorar a su marido: mi querido abuelo, al que conocí por repetitivas anécdotas asociadas a lo buen médico que fue, al gran amigo, al hijo cumplido, esforzado y estudioso, al radiólogo confiado que se descuidó, al doctor al que se le murió una hija (Carolina, esa cría que pasó poco tiempo en la Tierra, pero suficiente para ser recordada). Aún recuerdo bien la astuta determinación que tuviste para poner en regla los asuntos legales del abuelo Rufino, esos que él no arregló por desidia, falta de previsión, o porque sabía que había elegido a la mujer correcta; la encargada de extender y preservar su legado, basado en la tenencia de la tierra, el amor filial y la educación. Aunque tú, conociste otros sentimientos, quizá menos nobles, como la vergüenza y la humillación que sentiste y pasaste en algunos episodios de tu vida -- nunca los olvidarías-- y que afrontaste con coraje y decisión, que aún a ti, años después, te asombraría. Como cuando abusivos inquilinos quisieron desconocerte como propietaria a escasas horas de fallecido Rufino, y tal como lo decretaste, ante ti, no les alcanzaron las rodillas para suplicar que tuvieras compasión a la hora de lanzarlos de los predios invadidos que tú, paciente, supiste recuperar, resguardar y edificar. Por eso ahora, abuela, veo con claridad que fuiste la piedra angular bajo la que comenzó a cimentarse la historia tu familia, que hoy son muchas familias. Te extraño mucho... extraño tu energía, tu dinamismo, tu conversación. Extraño acompañarte al mercado, comerme un taco con papitas contigo mientras regresamos del mandado con bolsas abundantes de comida, ropa y plantas para tus niños, esos entre los que me cuento, aún sin ser tu hijo, porque para mí fuiste una madre, que junto con Guadalupe --"Lupita, como la Virgen Morena", decidieron tú y el abuelo a la hora de nombrarla-- me crió entre sus enérgicos brazos, y por ello, siempre les estaré infinitamente agradecido.
Lucía, leyendo, ajena al paso del tiempo. Foto: Alonso Martín