jueves, 30 de marzo de 2017

Viaje al corazón de la Selva

Sentado sobre un petate, cubierto con cobijas y armado de oraciones pedí, previo a la ingesta de la ayahuasca, que la Abuela, me tratara gentil, que no fuera violenta o regañona, y así, mentalizado a explorar lo desconocido bebí el brebaje encomendándome a mis antepasados, a quienes solicité me acompañaran en este viaje por senderos profundos de mi mente.

Un vaso mediano de plástico transparente contenía la poción de color verde oscuro con tonos anaranjados. Por alguna razón imaginaba que su sabor sería muy amargo, y que sería eso lo que me provocaría los famosos vómitos de los que tanto leí o escuché en testimonios en YouTube.

Sin embargo, su sabor no fue amargo, si acaso a clorofila en oxidación con un olor de ligero fermente. Nada desagradable, así que de un par tragos lo bebí todo y esperé en silencio, junto con 20 personas, a que los efectos se manifestaran.

A la sesión había asistido motivado por la curiosidad de experimentar los poderosos efectos del DMT, pero también –me decía tratando de convencerme a mí mismo- para sanar viejos rencores que ya no quería cargar.

Pasaron 25 minutos y comencé a sentir los primeros y poderosos efectos de la Medicina. Con los ojos cerrados comencé a ver formas caleidoscópicas, y en mi delirio sentía el brebaje filtrándose en mi ser, bañando cada molécula de mi cuerpo.

El mareo comenzó a hacerse sentir en forma de vértigo; un vértigo que me producía imaginar la bastedad del Universo; un vértigo al infinito que la palabra no evoca pero que en mí vibraba y me hacía temer algo así como estar en la orilla, frente a un gran abismo cuyo fondo ni siquiera se vislumbra.

Por un momento quise no haberlo bebido. El miedo se hizo presente, pero reconocí que era tarde y ya nada podía hacer. Para entonces la Medicina surtía sus primeros efectos predisponiendo mi ser a abrir el pecho al Universo y sus misterios frente a los que yo, en mi humana insignificancia, nada podía.

Así pues me abandoné a la poderosa naturaleza, dejé que me abrazara y engullera. Y predispuesto, con la voluntad de mantener el pecho abierto, dejé que la Totalidad me envolviera, devorado por el Cosmos que explotaba en mi interior.

Fue así que comencé a explorar sensaciones mientras mi subconsciente emergía en forma de poderosas imágenes. El estado de gracia en el que creía encontrarme se rompió cuando de mi inconsciente emergieron imágenes no gratas.

Tocó el turno de lidiar con ellas, reconocerlas arraigadas en lo profundo de mi ser, como una mala hierba que por años dejé crecer; que alimenté por no cuidar lo que veía o imaginaba.

Pentagramas, chivos negros, sacrificios, imágenes del Mal al que fascinado admiré en cintas, cuadros y fotos se me representaban violentas y desagradables. Y no las podía apartar ahora, porque por años alimenté con morbo esa imaginería diabólica.

Y no es que yo fuera un obsesionado con el tema, pero encontraba interesantes los cuadros de los aquelarres de Goya, o ciertos filmes o fotografías de horror que ocasionalmente veía.

Tocó el turno de lidiar con ellas, enfrentarlas y reconocerlas; perder el miedo y entender que no era el demonio quien se manifestaba en mi trance, sino una imaginería que por años alimenté poco a poco. Así pues entendí que yo no era ni quería ser maligno. Y que aquello que se me representaba, no consistía la esencia de mi ser.

Gracias a esto, hoy día puedo comprender que puede arraigarse en lo profundo del subconsciente lo que miro, escucho o imagino.  Todo, por insignificante que me parezca, tiene un poder en lo profundo, dentro de mí.

Entendido esto, estás imágenes volverían a presentarse en mi trance, esporádicamente, pero ya no con la misma violencia o intensidad, permitiéndome concentrarme en otro tipo de aspectos e imaginerías mucho más provechosas.

Entre estas ideas llegué a sentirme un soldado, integrante de un ejército galáctico, que debía combatir el mal universal, empezando por el que existía dentro de mí. La medicina, creo, me propuso trabajar como el jardinero que todos los días acota la mala hierba.

Debo decir que en todo este tiempo creo no haber perdido el hilo de la consciencia, y aunque no era capaz de sostenerme en pie por mí mismo, sí era capaz de ver, pensar y repasar con lucidez diversos aspectos de mi compleja personalidad.

Fue así que se me representó, no sin angustia, mi relación con mis seres queridos, mis hermanos, mis padres, mis abuelos y mis tíos. Tras un repaso de cada una de las formas individuales en las que me vinculaba con ellos me dí cuenta que la persona que más me importaba era mi pequeña sobrina de 12 años llamada Valentina, a quien cuidé cotidianamente hasta que tuve que cambiar de trabajo y de ciudad alejándome de ella.

Con ella mi relación se puede decir que fue paternal, hasta que me alejé escudándome en el hecho de que de forma sanguínea sólo soy su tío y no era mi responsabilidad. Tras una revisión de mis relaciones personales pude ver con claridad cuánto me importaba ella y cómo la había abandonado.
En ese momento me reconcilié con una amorosa responsabilidad que había evadido y negado mucho tiempo.

Para entonces las sensaciones viajaban por una autopista de alta velocidad, en donde mi cuerpo era la nave y la mente el capitán que la conducía. Y así mientras descubría esta verdad me daba cuenta que al lado mio, una persona de nombre Diana, a quien nunca antes había visto, se retorcía en lamentos y llantos de sufrimiento.

Ella había perdido el control de su nave colisionando con sus emociones y resquebrajando su espíritu. La Medicina trabajaba de múltiples formas en los cuerpos de los presentes. Para que no me ocurriera esto, en el fragor de la intensidad de mis pensamientos, me percate que la oración era la mejor herramienta que tenía, y la única a mi alcance, para ir en busca de un buen camino.

Mis oraciones iban encaminadas a Dios y a la Salud mental y física. En algún momento creía, que como capitán de mi nave, podía darle instrucciones a las células de mi cuerpo, a las que ordené combatir mutaciones celulares o cualquier vestigio de enfermedad.

Además, este tipo de pensamientos sobre moléculas, células y ADN se manifestaron de varias formas. Por ejemplo, tras la primera ingesta de la Medicina, y con los ojos cerrados y el pecho abierto, comencé a sentir una presencia a un costado mio.  Al abrir los ojos me percataba de que no había nadie, y que todo era parte de una alucinación.

Sin embargo esta explicación no me satisfizo, puesto que yo antes de iniciar el trance había invocado el espíritu de mis abuelos. Así que pensando en ellos, pude darme cuenta de que vivían dentro de mí literalmente.

Lo anterior no era una frase cliché, sino que a nivel genético, tras el acto de la procreación, de padre a hijo se transmitía una carga genética de la que ahora yo era poseedor. Ellos vivían en mí y era real.

Al tratar de racionalizar esto me hice consciente que era una pérdida de tiempo intentar hilvanar ideas con palabras, puesto que mi mente seguía revolucionada, y no podía pausar el seguir sintiendo y pensando a una velocidad no acostumbrada. Así pues abandoné el propósito de ajustar al lenguaje oral lo que me acontecía y ponderé el sentir como lo REAL. Lo demás, me dije, era intentar explicar lo que para entonces ya sabía.

Los olores y sonidos vibraban en mi ser, reverberando un oleaje de sensaciones, una marejada infinita que me arrullaba en un vaivén. Con el pecho abierto me abandoné a lo que sentía, como el sonido del tambor que se sincronizaba con el latido de mi corazón, y el aroma del tabaco protector que inundaba con sutileza el ambiente.

Mientras tanto, Javier, el Maestro chamán, no dejaba de sorprenderme a través de sus cantos, poderosos ícaros, protectores que guiaron nuestro viaje y evocaron o trajeron a ese pequeño salón de un hotel perdido en un pueblo de Hidalgo, la amazonas peruana. El canto de decenas de aves, incluso su aleteo (lo vi claramente revolotear como colibrí) estaba ahí, junto con los sonidos de Señores reptiles. Él ya no era él, era la selva y su espíritu. Y estaba ahí para enseñarnos y protegernos.

Gracias Maestro por lo que me mostraste.







lunes, 27 de marzo de 2017

SER SIENDO







* Tú y Yo Somos, porque Fuimos y Seremos


 * No necesito competir porque Yo Ya Soy


 * Quien compite busca un lugar